Sabes que yo nunca he sido del todo perfecta. De hecho, jamás me he acercado al concepto general de perfección. He intentado serlo varias veces. He intentado desechar esas manías que vuelven loco a cualquiera. Como, por ejemplo, escribir en los márgenes del libro o mirarme las uñas cuando me siento observada. Y ahora me doy cuenta de que es el mayor error que he cometido. Por mucho que intente cambiarlo, yo seguiré siendo la chica que te echa de menos, y que, cuando esto va a más, cierra muy fuerte los ojos y piensa en ti, te imagina cerca, e incluso puede sentirte, sí, yo soy así. Soy la chica a la que se le desbordan las lágrimas de los ojos cuando empieza a recordar y se inunda de nostalgia. Y tú, siendo completamente distinto. No nos parecíamos en nada y conseguimos ser uno. Tú tan de ciencias y yo tan de letras. Yo, que lloro al recordar, y tú que sueles decir que ni siquiera recuerdas. Aunque yo sé que no es así, yo sé que tú también recuerdas, y, aunque no aparezcan lágrimas por tu cara, sé que es porque tú te haces el duro y aguantas para no llorar. Yo aquí, escribiendo tonterías, y tú ahí, esforzándote en mates para llegar a ser un gran médico. Tú jamás fuiste de los que aprobaban los exámenes de verbos, tú sacabas dieces en los de física. Yo era todo lo contrario. Yo no era así, yo, simplemente, escribía, y hablaba como pocas lo hacen, e incluso lloraba cuando leía palabras preciosas. Yo sé que tú jamás has llorado con un libro, y que jamás lo harás. Yo sé que a ti te gustan las matemáticas porque son seguras, porque solo pueden ser de una forma, porque son perfectas. Eso que jamás llegaré a ser yo. Y, a pesar de que a mí me gusten las letras porque me hacen sentir el desorden, me gustaste tú, ciencias puras, pura perfección, y creo que es por el simple hecho de que en realidad tú eres un desordenado, un loco, un inconsciente, un temerario, aunque no lo sepas admitir.
